No fueron tantos, ni nunca tan pocos como ahora, aquellos que pensaron que una novela era la historia de un fracaso, la crónica desencantada de una imposibilidad, de un desengaño, de una decisión cuyas consecuencias muestran el fatal destino que cualquier otra hubiera, también, traído consigo. No fueron tantos, pero fueron aquellos que ahora recordamos, los que sometieron la alegría y la inocencia del lector a la confrontación desencantada con la dolorosa experiencia de la existencia, con el engaño que sustenta al optimismo. Y entre ellos, fueron aún menos los que hicieron de la gramática y el léxico su ciencia y respondieron, sabiendo que mentían, a las preguntas que su tiempo les formulaba. No fueron tantos, porque además, muchos de los que lo intentaron alcanzaron, únicamente, el fracaso.
Fue, nuestro personaje, uno de estos últimos. Muy a su pesar, y a despecho de las muchas horas dedicadas a la escritura, sus frases no mostraban la clarividencia de una mente brillante, o si lo hacían, era a despecho de la musicalidad de su prosa, anteponiendo entonces el sentido a la cadencia. En otras ocasiones y muy al contrario, uno podía dejarse mecer por sus palabras en una combinación perfecta de vocales frías, palatales y líquidas, o por ejemplo, de vocales cálidas, sibilantes y fricativas, pero en esas ocasiones, al llegar al destino desembarcaba de la frase con una angustiosa sensación de sin sentido, tal si hubiera estado navegando por la superficie de la idea sin que la quilla hubiera hecho en ella ni siquiera el surco del recorrido. Era un mal escritor, pero, sin duda, un buen personaje. El suyo era un fracaso total, pero un fracaso burgués, en modo alguno uno trágico; era, incluso como fracaso, un fracaso.